Presentación del Libro "Oración en el Huerto 1758-2003
Las procesiones se pueden vivir desde un balcón, donde se ve llegar el sudario, las hileras de capirotes y el trono, como si fueran un solo elemento rítmico impactante. Se pueden ver desde la calle, en la puerta de la Iglesia, en los rincones como el bar la Uva, al entrar la procesión o en una de esas mortíferas sillas que hay a lo largo del recorrido.
Personalmente me gusta en la calle, pues además de no perderme detalle de los tercios, me atrae poderosamente oir los comentarios de las personas que están viendo el desfile. Siempre hay alguien que explica a otro todo lo que va pasando: “Va de flores demasiado cargado”, “Nenicos, vais cojos”ó “Nena ¿me das una estampica? ”.
Un miércoles Santo, cuando fui a Santa María a ver los tronos que salían por la noche me ocurrió lo siguiente:
Nada más subir a la “Rampa” con su peculiar sonido, me encontré sumergido en un mundo mágico impregnado de olores. Floristas trabajando, Pedro Pena retocando los mantos de la imágenes, cofrades ultimando detalles, guiris haciendo fotos, personal opinando, expertos comprobando luces y gentes encontrándose y saludándose como todos los años.
Iba de un lado a otro inmerso en esa atmosfera, observando todo, cuando me llamó la atención la conversación que mantenían dos jóvenes que estaban junto al trono de la Oración en el Huerto. Uno rubio, muy blanco de mediana estatura, con pinta de extranjero. Observé que le faltaba un brazo. El otro “renegrío” de “pocas chichas” y “engoritao” y por su “platicar” comprendí que era un total “piticue”.
